“Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros.” · 2 Timoteo 2:2
Introducción
Uno de los errores más frecuentes en el ejercicio del liderazgo cristiano es pensar que liderar consiste principalmente en ocupar una posición, dirigir reuniones, administrar una organización o conseguir que un grupo de personas siga nuestras instrucciones. Sin embargo, cuando observamos con atención el modelo de Jesús y el testimonio general de las Escrituras, descubrimos algo mucho más profundo: liderar es formar personas.
El verdadero líder no procura solamente que la obra avance mientras él está presente. Trabaja para que otros sean capacitados, afirmados y enviados de tal manera que la obra pueda continuar aun cuando él ya no esté.
Por eso, el éxito de un líder cristiano no puede medirse únicamente por la cantidad de personas que lo siguen, sino también por la cantidad y calidad de las personas que ha ayudado a madurar.
Un liderazgo que solamente reúne seguidores puede producir admiradores. Un liderazgo que forma discípulos produce continuidad.
Jesús nunca tuvo como propósito crear una multitud dependiente de su presencia física. Desde el comienzo de su ministerio llamó a personas para que estuvieran con Él, aprendieran de Él y finalmente continuaran su misión.
Marcos registra:
“Y estableció a doce, para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar.” · Marcos 3:14
Aquí encontramos dos dimensiones inseparables del discipulado cristiano: estar con Cristo y ser enviados por Cristo.
Primero fueron llamados a caminar con Jesús. Después serían enviados a representar a Jesús.
Esa es también la esencia del liderazgo cristiano.
1. Jesús no solamente predicó a las multitudes: formó discípulos
Las multitudes acompañaron constantemente el ministerio de Jesús. Miles escucharon sus enseñanzas, presenciaron milagros y fueron beneficiados por su compasión. Sin embargo, Jesús dedicó una atención especial a un grupo reducido de discípulos.
No porque las multitudes fueran insignificantes, sino porque sabía que la misión necesitaría hombres preparados para continuarla.
Jesús enseñó públicamente, pero también explicó privadamente.
Predicó a miles, pero caminó diariamente con doce.
Entre esos doce hubo momentos en los cuales trabajó todavía más cerca de Pedro, Jacobo y Juan.
El Señor comprendía que la transformación espiritual requiere algo más que información. Requiere convivencia, ejemplo, corrección, paciencia y acompañamiento.
Los discípulos observaron cómo Jesús oraba.
Lo vieron tratar con pecadores.
Lo observaron confrontar la hipocresía religiosa.
Aprendieron cómo trataba a los pobres, a los enfermos, a las mujeres, a los niños y a quienes habían sido marginados por la sociedad.
Jesús no solamente les dijo qué hacer.
Les mostró cómo vivir.
Por eso pudo decir:
“Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis.” · Juan 13:15
El liderazgo cristiano siempre tiene una dimensión ejemplar.
Quien desea formar a otros debe permitir que otros puedan observar su vida.
2. El propósito del liderazgo no es hacerse indispensable
Existe una tentación peligrosa en el liderazgo: construir una obra donde todo dependa del líder.
Cuando solamente una persona puede enseñar, decidir, organizar, dirigir, resolver y ministrar, aparentemente existe un liderazgo fuerte, pero en realidad existe una estructura débil.
Un verdadero líder no trabaja para convertirse en indispensable.
Trabaja para que otros aprendan a servir.
Juan el Bautista expresó una actitud que debería existir en todo siervo de Dios:
“Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe.” · Juan 3:30
Aunque este pasaje se refiere directamente a la relación entre Juan y Cristo, también revela una disposición fundamental del corazón del siervo: el ministerio no existe para engrandecer nuestra persona, sino para exaltar a Cristo.
Cuando Cristo ocupa el centro, dejamos de sentirnos amenazados por el crecimiento de otros.
Podemos alegrarnos cuando alguien predica mejor.
Podemos celebrar cuando un discípulo desarrolla capacidades que nosotros no tenemos.
Podemos abrir espacios.
Podemos entregar responsabilidades.
Podemos permitir que otros brillen.
Porque comprendemos que el Reino no nos pertenece.
Nosotros pertenecemos al Reino.
3. Pablo entendió el principio de la multiplicación
El apóstol Pablo comprendió perfectamente este principio.
Por eso escribió a Timoteo:
“Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros.” · 2 Timoteo 2:2
Observe la cadena espiritual que aparece en este versículo:
Pablo → Timoteo → hombres fieles → otros.
Aquí tenemos cuatro generaciones de enseñanza.
Pablo no estaba pensando solamente en Timoteo.
Estaba pensando en aquellos que Timoteo formaría.
Y también en aquellos que serían formados por los discípulos de Timoteo.
Este es el principio de multiplicación del Reino.
La iglesia crece verdaderamente cuando los discípulos comienzan a formar discípulos.
El liderazgo saludable nunca termina en nosotros.
Lo recibido debe convertirse en algo transmitido.
La verdad que hemos aprendido debe ser enseñada.
La experiencia que Dios nos permitió adquirir debe servir para preparar a otros.
La madurez que hemos alcanzado debe convertirse en acompañamiento para quienes recién comienzan.
4. Formar personas requiere tiempo
Una de las razones por las cuales algunos líderes no forman discípulos es porque formar personas demanda paciencia.
Es más rápido hacer algo nosotros mismos.
Es más sencillo predicar nosotros.
Es más cómodo dirigir nosotros.
Es más eficiente resolver nosotros.
Pero si siempre hacemos todo nosotros, otros nunca aprenderán.
Jesús permitió que sus discípulos participaran aun cuando todavía estaban aprendiendo.
Los envió a predicar.
Les dio autoridad.
Permitió que sirvieran.
También permitió que cometieran errores.
En una ocasión los discípulos no pudieron liberar a un muchacho atormentado. Después preguntaron a Jesús:
“¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera?” · Mateo 17:19
Jesús no los expulsó del equipo.
Los instruyó.
Eso es formación.
Un discípulo no necesita solamente oportunidades cuando está preparado.
Necesita oportunidades para prepararse.
5. Formar es corregir sin destruir
Toda formación auténtica incluye corrección.
Jesús corrigió repetidamente a sus discípulos.
Corrigió sus ambiciones.
Corrigió sus prejuicios.
Corrigió su incredulidad.
Corrigió su manera de entender el poder.
Cuando Jacobo y Juan quisieron hacer descender fuego del cielo sobre una población samaritana, Jesús los reprendió.
Cuando Pedro intentó apartarlo del camino de la cruz, Jesús lo corrigió severamente.
Cuando discutieron sobre quién sería el mayor, Jesús les enseñó nuevamente acerca del servicio.
Pero existe algo hermoso en la manera en que Cristo corrigió a sus discípulos:
los corrigió sin abandonarlos.
La corrección bíblica no tiene como propósito humillar a la persona, sino restaurarla y ayudarla a madurar.
Pablo escribe:
“Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre.” · Gálatas 6:1
La palabra clave es restaurar.
No aplastar.
No ridiculizar.
No exhibir.
No destruir.
Restaurar.
Quien está formando líderes debe aprender a distinguir entre corregir una conducta y destruir la identidad de una persona.
6. El líder forma principalmente con su ejemplo
Pablo podía decir:
“Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo.” · 1 Corintios 11:1
Esta declaración sería peligrosa si Pablo estuviera pidiendo una admiración personal absoluta.
Pero no era eso.
El límite de la imitación estaba claramente establecido:
“Así como yo de Cristo.”
Nuestro ejemplo solamente tiene valor en la medida en que refleje a Cristo.
Por eso el liderazgo cristiano comienza mucho antes del púlpito.
Comienza en la vida privada.
En la manera como tratamos a nuestra familia.
En cómo administramos el dinero.
En cómo reaccionamos cuando somos criticados.
En nuestra puntualidad.
En nuestra palabra.
En nuestro trato hacia quienes no pueden beneficiarnos.
En nuestra conducta cuando nadie nos observa.
Un líder puede enseñar durante una hora, pero sus discípulos observarán su vida durante años.
Y frecuentemente aprenderán más de aquello que observan que de aquello que escuchan.
7. Formar no es crear copias de nosotros mismos
Existe otra equivocación frecuente.
Algunos líderes piensan que formar personas significa hacer que todos hablen como ellos, prediquen como ellos, se vistan como ellos y desarrollen exactamente el mismo estilo ministerial.
Pero formar discípulos no significa fabricar imitaciones personales.
Nuestra misión es ayudar a otros a parecerse a Cristo.
Cada persona posee dones, capacidades, experiencias y características particulares.
Pablo explicó:
“Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo.” · 1 Corintios 12:4
El Espíritu Santo no produce uniformidad.
Produce unidad en medio de la diversidad.
Por eso un líder maduro aprende a descubrir el potencial que Dios ha colocado en otros.
No intenta imponerles su personalidad.
Los ayuda a desarrollar aquello que Dios puso en ellos.
8. El liderazgo cristiano se ejerce desde el servicio
Jesús cambió radicalmente la definición del liderazgo.
Cuando los discípulos discutían acerca de posiciones, Jesús les dijo:
“El que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor.” · Marcos 10:43
En el mundo, liderazgo frecuentemente significa autoridad sobre otros.
En el Reino, liderazgo significa responsabilidad por otros.
Jesús mismo declaró:
“Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir.” · Marcos 10:45
Por eso formar líderes no consiste en enseñarles cómo alcanzar posiciones.
Consiste en enseñarles cómo servir.
Un verdadero líder no pregunta:
“¿Cuántas personas trabajan para mí?”
Pregunta:
“¿A cuántas personas estoy ayudando a crecer?”
9. Bernabé: el hombre que vio lo que otros no veían
Uno de los ejemplos más hermosos de formación espiritual aparece en la vida de Bernabé.
Cuando Saulo llegó a Jerusalén después de su conversión, los discípulos tenían miedo de él.
Hechos dice:
“Entonces Bernabé, tomándole, lo trajo a los apóstoles.” · Hechos 9:27
Bernabé decidió acercarse al hombre de quien otros desconfiaban.
Vio algo que los demás todavía no podían ver.
Después ocurrió algo parecido con Juan Marcos.
Marcos había abandonado una misión anterior y Pablo no quería llevarlo nuevamente.
Pero Bernabé decidió darle otra oportunidad.
Con el paso de los años, aquel joven que había fracasado terminó convirtiéndose en un colaborador valioso.
Incluso Pablo escribió más adelante:
“Toma a Marcos y tráele contigo, porque me es útil para el ministerio.” · 2 Timoteo 4:11
¿Qué habría ocurrido si nadie hubiera dado una segunda oportunidad a Marcos?
Los formadores tienen una capacidad especial:
pueden ver posibilidades donde otros solamente ven errores.
10. Un buen líder entrega responsabilidad
Jesús no mantuvo permanentemente a sus discípulos observando.
Los envió.
Lucas registra:
“Habiendo reunido a sus doce discípulos, les dio poder y autoridad sobre todos los demonios, y para sanar enfermedades. Y los envió a predicar el reino de Dios.” · Lucas 9:1-2
Aquí encontramos una progresión saludable:
Jesús los llamó.
Jesús los enseñó.
Jesús les mostró.
Jesús les dio autoridad.
Jesús los envió.
Jesús evaluó posteriormente lo ocurrido.
Ese modelo continúa siendo extraordinariamente útil para la formación ministerial.
Podríamos resumirlo así:
Primero: yo hago y tú observas.
Después: yo hago y tú ayudas.
Luego: tú haces y yo te acompaño.
Finalmente: tú haces y comienzas a formar a otro.
Cuando llegamos a ese último punto aparece la multiplicación.
11. Formar requiere confiar
Delegar siempre implica cierto riesgo.
Cuando entregamos responsabilidad, la persona puede equivocarse.
Pero si nunca confiamos, nunca formaremos.
Moisés tuvo que aprender este principio.
Su suegro Jetro lo encontró intentando resolver personalmente los problemas de todo el pueblo.
Jetro le advirtió:
“No está bien lo que haces. Desfallecerás del todo, tú, y también este pueblo que está contigo.” · Éxodo 18:17-18
Después le aconsejó seleccionar hombres capaces y compartir responsabilidades con ellos.
El problema de Moisés no era falta de compromiso.
Era exceso de centralización.
Quería hacerlo todo.
Pero una obra que depende exclusivamente de una persona terminará limitándose a la capacidad de esa persona.
Cuando distribuimos responsabilidad, comenzamos a desarrollar personas.
12. Formar significa ver más allá del presente
Cuando Jesús miró a Simón Pedro, vio algo más que un pescador impulsivo.
Vio al hombre que predicaría en Pentecostés.
Cuando Ananías miró a Saulo, probablemente todavía veía al perseguidor de la iglesia.
Pero Dios veía:
“Instrumento escogido me es éste.” · Hechos 9:15
Los buenos formadores poseen visión espiritual.
Saben que una persona no necesariamente será mañana lo que es hoy.
Por eso tienen paciencia.
Hay discípulos que inicialmente parecen inseguros y después se convierten en extraordinarios servidores.
Hay jóvenes que parecen inmaduros y años después se convierten en pastores sabios.
Hay personas que cometen errores al comienzo pero, después de procesos de gracia, enseñanza y corrección, se convierten en instrumentos poderosos en las manos de Dios.
El formador aprende a mirar personas no solamente por su condición presente, sino también por aquello que, por la gracia de Dios, pueden llegar a ser.
13. La gracia es el ambiente donde crecen los discípulos
Ningún proceso de formación cristiana puede comprenderse correctamente separado de la gracia.
Todos estamos siendo formados.
Todos estamos creciendo.
Todos estamos aprendiendo.
Todos dependemos de la paciencia de Dios.
Pedro negó públicamente a Jesús.
Tres veces afirmó que no lo conocía.
Humanamente hablando, parecía haber quedado descalificado.
Sin embargo, después de la resurrección, Jesús fue a buscarlo.
En Juan 21 encontramos uno de los momentos más hermosos de restauración del Nuevo Testamento.
Tres veces Jesús le preguntó:
“¿Me amas?”
Y tres veces le encargó:
“Apacienta mis ovejas.”
Jesús no ignoró el fracaso de Pedro.
Pero tampoco permitió que el fracaso fuera la última palabra sobre su vida.
La gracia lo restauró.
El mismo Pedro que negó a Cristo posteriormente se levantó para anunciarlo públicamente.
Eso nos enseña algo fundamental:
Dios no forma solamente personas perfectas. Dios perfecciona personas mientras las forma.
14. Formar líderes significa preparar la continuidad
Todo líder debería hacerse una pregunta seria:
¿Qué ocurrirá con esta obra cuando yo ya no esté?
La respuesta revela mucho acerca de la calidad de nuestro liderazgo.
David preparó materiales para el templo que construiría Salomón.
Moisés preparó a Josué.
Elías preparó a Eliseo.
Jesús preparó a los apóstoles.
Pablo preparó a Timoteo y Tito.
La Biblia está llena de transiciones generacionales.
Un líder sabio no solamente piensa en su temporada.
Piensa en la siguiente generación.
Por eso el salmista declaró:
“Una generación alabará tus obras a otra generación, y anunciará tus hechos poderosos.” · Salmo 145:4
La fe siempre debe transmitirse.
La verdad siempre debe enseñarse.
La misión siempre debe continuar.
15. No debemos sentirnos amenazados por quienes formamos
Existe una señal de inseguridad en algunos líderes: se sienten incómodos cuando sus discípulos comienzan a sobresalir.
Pero un padre espiritual saludable se alegra cuando sus hijos crecen.
Jesús dijo a sus discípulos:
“El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará.” · Juan 14:12
Jesús no sintió amenaza ante la idea de que sus discípulos realizaran grandes obras.
Por el contrario, los preparó para ello.
Cuando una persona que hemos formado comienza a desarrollarse, predicar, liderar y servir eficazmente, deberíamos alegrarnos.
Su crecimiento no disminuye nuestro ministerio.
En cierta manera demuestra su fruto.
16. El fruto de un líder también se ve en sus discípulos
Pablo podía mirar a Timoteo y reconocer en él parte del fruto de años de acompañamiento.
Por eso lo llamaba:
“Verdadero hijo en la fe.” · 1 Timoteo 1:2
Existe una alegría profundamente pastoral cuando vemos a alguien que acompañamos comenzar a caminar con madurez.
Cuando aquella persona que antes necesitaba dirección ahora dirige a otros.
Cuando aquel que necesitaba ánimo ahora anima.
Cuando aquel que recibía enseñanza ahora enseña.
Cuando aquel que era discipulado comienza a discipular.
Ese es uno de los frutos más hermosos del liderazgo.
17. La meta final es cristo
Sin embargo, nunca debemos olvidar que la meta de toda formación cristiana no somos nosotros.
La meta es Cristo.
Pablo escribió:
“Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros.” · Gálatas 4:19
Esta declaración resume maravillosamente el propósito de la formación espiritual:
que Cristo sea formado en las personas.
No buscamos simplemente buenos organizadores.
No buscamos únicamente grandes predicadores.
No estamos tratando de producir personas carismáticas o administradores eficientes.
Queremos hombres y mujeres cuyo carácter refleje a Jesús.
Personas que amen como Cristo.
Sirvan como Cristo.
Perdonen como Cristo.
Sean humildes como Cristo.
Defiendan la verdad como Cristo.
Traten con misericordia como Cristo.
18. Algunas preguntas para todo líder
Cada pastor y líder debería detenerse periódicamente para preguntarse:
¿A quién estoy formando?
¿Quién está aprendiendo de mí?
¿A quién estoy preparando para servir?
¿Estoy compartiendo responsabilidades o concentrándolas?
¿Permito que otros se equivoquen mientras aprenden?
¿Corrijo con amor o solamente señalo errores?
¿Celebro el crecimiento de otros?
¿Estoy preparando a alguien para continuar lo que hoy estoy haciendo?
¿Las personas que trabajan conmigo se están pareciendo más a Cristo?
Estas preguntas pueden ayudarnos a evaluar nuestro liderazgo desde una perspectiva mucho más bíblica.
19. Una iglesia que forma personas es una iglesia que se multiplica
La iglesia nunca fue diseñada para funcionar con un pequeño grupo de especialistas mientras todos los demás permanecen como espectadores.
Pablo explicó que Cristo dio ministerios a la iglesia:
“A fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo.” · Efesios 4:12
Observe quién debe realizar la obra del ministerio:
los santos.
La tarea de los líderes incluye preparar al pueblo de Dios para servir.
Un pastor bíblico no intenta hacer todo el ministerio.
Equipa a la iglesia para hacerlo.
Por eso una iglesia saludable debe convertirse en una escuela permanente de discípulos.
Cada creyente creciendo.
Cada creyente descubriendo sus dones.
Cada creyente sirviendo.
Cada creyente aprendiendo.
Y aquellos que alcanzan madurez ayudando a otros a crecer.
20. El legado más grande de un líder son las personas
Podemos construir edificios.
Podemos levantar organizaciones.
Podemos escribir libros.
Podemos desarrollar programas.
Podemos organizar grandes eventos.
Todas estas cosas pueden ser útiles.
Pero finalmente, una de las mayores contribuciones de nuestra vida serán las personas en quienes invertimos.
Cuando Pablo estaba cerca del final de su ministerio, pudo escribir a Timoteo.
Había una nueva generación preparada.
El evangelio continuaría.
La misión continuaría.
La enseñanza continuaría.
Y otros enseñarían también a otros.
Ese es el liderazgo que deja huella.
Conclusión
Liderar es mucho más que dirigir.
Liderar es formar.
Es caminar con personas.
Es enseñarles.
Es escucharlas.
Es corregirlas.
Es alentarlas.
Es confiar en ellas.
Es abrirles oportunidades.
Es ayudarlas cuando fallan.
Es celebrar cuando crecen.
Es prepararlas para que algún día puedan hacer por otros lo que nosotros hicimos por ellas.
Jesús dedicó aproximadamente tres años de su ministerio terrenal a formar hombres que posteriormente llevarían el evangelio a las naciones.
No eran perfectos.
Discutían.
Se equivocaban.
Tenían temores.
A veces no comprendían.
Pedro negó.
Tomás dudó.
Jacobo y Juan querían posiciones.
Pero Cristo trabajó pacientemente con ellos.
Después de Pentecostés, aquellos mismos hombres se convirtieron en instrumentos para la expansión extraordinaria del evangelio.
El secreto no estaba en que fueran extraordinarios.
El secreto era que habían estado con Jesús.
Hechos 4:13 dice:
“Entonces viendo el denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús.”
Ese debería ser también el resultado de nuestro liderazgo.
Que después de caminar con nosotros, las personas no terminen admirándonos principalmente a nosotros.
Que terminen conociendo mejor a Cristo.
Amando más a Cristo.
Sirviendo mejor a Cristo.
Y ayudando a otros a seguir a Cristo.
Entonces habremos comprendido verdaderamente el liderazgo.
Porque el liderazgo cristiano no consiste en conseguir que muchos nos sigan.
Consiste en ayudar a muchos a seguir a Jesús.
Y cuando aquellos que hemos formado comienzan a formar a otros, el ministerio deja de ser solamente crecimiento y se convierte en multiplicación.
Dr. Otoniel Pardo
“Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros.” · 2 Timoteo 2:2← Volver al blog
